Make your own free website on Tripod.com
PARADOJA
Carlos Calero
Home | Milagro Haack | Salomón Valderrama | Pedro Pablo Pérez | Bismar Galán | María Cristina Solaeche | Carlos Calero | Angelica Murillo | Graciela Wencelblat | Valentín Amaro | Paolo Svegliate | Silvia Spinazzola | José Mañoso Flores | César A. Terrero Escalante | Traducciones

Mi nombre es Carlos Calero, nací en Nicaragua, 1953. Actualmente radico en Costa Rica donde obtuve la nacionalidad. Tengo una maestría en educación y ejerzo la enseñanza en la Universidad Católica de Costa Rica Anselmo Llorente y Lafuente y un colegio de Secundaria en San José. Publiqué un libro titulado El Humano Oficio; este fue seleccionado como publicable por el Centro Nicaragüense de Escritores, en el año 2000. He publicado en revistas de Nicaragua y el exterior, también en suplementos literarios. Tengo en proyecto varios textos.

 
 

 

 

Pecado
 
Las voces flotan 
y excitan apenas asoma el alba;
ofician su rito.        .
El cielo, en la serenidad de los ojos,
se vuelve carne
y huele a entrepierna.
La virginidad de amarse
se defiende con escándalos.
Desnudos, y cuando tienen tiempo,
miran la extensión de sus muslos
y aceptan que no trabajan
para alentar los coitos
que disfrutarían sin temor a la espalda.

(Del libro inédito Procesión de las calaveras)


 
Belleza sola

                            (A Luisita quien murió sin conocer varón alguno.)
 
La soledad no fue consuelo
para tanta belleza que se crispó
al ir bajando por la sepultura.
Tuvo ojos con amanecer sin pánicos
y una espera en los aposentos
que la volvió huraña
como si un secreto espíritu la amara;
sintió como culpa la virginidad
y un furor de seno núbil
que nunca fue besado.
Voz de niña adulta en la sala y los recuerdos,
voz que habló con desgano del atardecer
porque había mandamientos,
había miedos históricos
y hasta custodió un altar de santos para el himen.

(También del libro inédito Procesión de las calaveras)
 
Excarcelaciones
 
La soledad se destraba del frío
en la cama láctea y los oficios carnales
que pellizcan las ingles.
El frío de mi almohada rompe los calendarios,
desempolva la felicidad
que custodia las retrateras
cuando la pasión intuye rugidos,
agrupados en el asombro del alquimista
que ha propuesto separar el amor del odio:
es la desnudez y la carne en la fisura de los ojos,
quienes redescubren
los tratados del amor y firman mis excarcelaciones.

(Del libro inéidito Procesión de las calaveras)


 
Acto colectivo
 
Tres más tres no son las seis
en la bitácora de las madrugadas.
Tres más tres
como para cuestionar las venerables adicciones
que nos han reducido
a la virtud de sumarnos y reagruparnos
en uno o en todos
hasta avergonzarnos del egoísmo.

(Del libro inédito Me fastidian los límites)


 
Ciudad en escombros
 
Ciudad en escombros asolada por los fantasmas,
desde la cochera como un recuerdo;
su paradoja es porcelana,
ostenta luces de adultez en los ojos
o ríe al verme o presentirme
mientras escucho música de Los Panchos y Leo Marini.
Desasosiego del corazón.
Me pellizcan los espíritus de la carne
para que el aire arrastre el ritmo
cuando pretendo su cuello con luna,
almohadas y un respaldo atado al amanecer.
Me quito el pijama de gato
y doy tumbos que embrujan los sueños
mientras con pavor le doy uñas y maullidos
que ensalivan sus caderas
en un laberinto de sábanas y estertores imaginados.


 
II


Te sobra el amor,
te sobra seguridad carnal,
te sobra el requiebro para desechar mi corazón,
te sobran las quimeras
que no desbordan el recipiente de la cabanga;
basta una bombacha escondida
en la posadera que algún día se deshilacha.
Te veo salir por la cochera rehuyendo mi asedio
acostumbrado a los combates
y la destreza de la palabra con banderas
para el triunfo de dormir con un espejo
y una mujer que besa mis ojos
para escaparme de los miedos.

(Del libro inédito Me fastidian los límites)


 
Afanes de un murciélago
 
Y me pregunto por qué abandonó la noche
o vino a posarse, a desvivir el frío del cielo;
tal vez sea conciliar el sueño, tocar el albo trozo de tela
sobre la silla del tiempo con el vaso de sed
que guardó en el agua donde un tallo de durazno o cualquier árbol
continúa su vida con el justo absoluto de tiempo
que roza esa rama nudosa con fronda de hojas
empecinadas en dar vida a la tela del pintor Juan Soriano;
quien quizás dispuso el mundo con la rendija del azar
que le dio su corazón o sobrenatural atmósfera
donde la muerte no reina, a pesar del pedazo de tela
semejante a una mortaja torturando a un fantasma.
Inocente murciélago, tendido como batracio de hierro,
con insomnio del reino  y  nocturno
no desgarrado por las uñas la albura
de una luna ni chillando contra su soledad nocturna...
o con discresión de símbolo siniestro
le dio por  posar en la eternidad
y esta profana "Naturaleza muerta con murciélago".

(Del libro publicado El Humano Oficio)


 
Balada para quien todavía recuerda
 
Quien vio mi pierna desnuda, el tajo rosado de vidrio,
desdeñó desde entonces la inocencia de la vida,
se excitó al ver el molusco sollamado:
volvió a mirar el fornicador hacia el lado envidiable del pubis
con ojos del deseo... y lo lamió desbordado en los labios.
Me pasé la vida, para conocimiento de todos,
sentada en los ecos del parque bajo el paraguas de la eternidad,
donada y en oscura dulzura
siendo hora alta el sueño o pasión el mediodía
con derrumbes paganos de muchedumbre
enfilados hacia una ración frugal de rezo y perdón de culpa,
que siempre encuentra a mano una cruz en el cielo:
y fue trágico el perfil de mi vagina joven, apetecida,
con dos amores que enlutaron de muerte mis ojos;
pero dichosos quienes me desearon y poseyeron
mientras dormía en su valva el tumulto del clítoris.
Y no sé si pequé o fueron albura mis pasiones
en la casa de citas donde regateaba la dureza de fruta con mis posaderas
y entreabría la boca para el beso aborrecido
en cada pago que humillaba mi llama celeste
acicatada por el hambre profunda del infierno.
Y di a todos lo que pude, alma atormentada
en cama que se colmó de lujuria
salida a soportar el dominio fálico del inexperto
para entregarlo diestro en matrimonio y hacer feliz a su mujer.
Quien vio mis ojos trasnochados
con horas de luna
no se asombró del fantasma de mis años,
ni dio moneda alguna o gesto de cariño
sino apuró su pena para romper el vaso del pecado
contra el recuerdo de su miedo inmaculado.

(Del libro publicado El Humano Oficio)


 
Calendarios
 
No son simples casillas con números,
leídas para soslayarlas;
números que dejan ventanas del tamaño de las colinas
o memorias para olvidarse
con las crucifixiones cotidianas;
números para contar los años
o dialogar con los ladrones de las ciudades;
números para redibujar caminos
y la matemática de los sueños.
Los meses permanecen con arcos
de edificios construidos por donde pasan las horas
en procesiones de almas y palomas.
A veces ni nos enteramos
que por razones de tiempo los llamamos calendarios.
O para no olvidar lo que desamamos.

(Del libro inédito El libro de Marcela)


 
Estarás en Managua
 
Estarás en Managua,
la tierra y el sinuoso abismo,
con amores calientes que dan vida al poema;
la ciudad con rostro de Cristo sufriente,
sol y laureles de la india
Estarás en Managua
y te daré besos en el Malecón
que perturban la memoria
mientras duerme el volcán Momotombo sobre el lago
con círculos de piedra, sirenas urbanas
y gaviotas que trazan los recuerdos;
estarás en Managua
tejiéndome una hamaca de trinitarias
frente a una laguna y la mañana.
 


Setiembre, San José-Costa Rica, 2003 (Del texto inédito El libro de Marcela)